Los dos tigres
Los dos tigres Había verdaderas nubes de gigantescas cigüeñas negras; patos con plumas de color púrpura y reflejos azulados, y marangones, los cuales ni siquiera en su huida abandonaban a los peces que cazaban en los estanques, ordinariamente manghis, pequeños, rojos, muy estimados por los bengalíes a causa de la finura de su carne.
También huían por entre las cañas hermosísimos animales salvajes, y escapaban con tal agilidad, que eran muy pocos los que caían bajo los disparos de los cazadores.
Había graciosos akis, parecidos a los gamos corrientes, con el pelaje de color amarillento y manchado de pequeños puntos blancos; elegantes nilgós de cuernos, que desaparecían con la rapidez de una flecha; manadas de perros salvajes de pelo oscuro, y grandes chacales, fieras muy peligrosas cuando tienen hambre.
También se veían algunos teitas, que son pequeñas y bellísimas panteras, fáciles de domesticar, a pesar de sus instintos sanguinarios; aparecían un momento en las lindes de la espesura y enseguida volvían a sus madrigueras.
—¡Este es el verdadero paraíso de los cazadores! —exclamaba entusiasmado Sandokán, viendo cómo huían todos aquellos animales—. ¡Qué lástima que tengamos que ocuparnos de los thugs, en vez de podernos dedicar a la caza de tigres, búfalos y rinocerontes!