Los dos tigres
Los dos tigres Un pequeño curso de agua de unos diez metros de anchura fangoso y de aguas amarillentas, cortaba el camino, discurriendo por entre dos orillas llenas de plantas palúdicas, sobre cuyas ramas se sostenÃan inmóviles muchos marabúes, ávidos devoradores de cadáveres y carroñas.
—¡Atención, cornac! —dijo Tremal-Naik—. ¡Ahà debe de haber muchos cocodrilos de todas clases!
—¡Mi elefante no les teme! —respondió el conductor.
Los dos paquidermos se habÃan detenido en la orilla y tanteaban el terreno con gran precaución, olfateando cuidadosamente el agua antes de penetrar en ella.
No parecÃa complacerles la tranquilidad del rÃo.
—Estoy seguro de no equivocarme —dijo Tremal-Naik, levantándose—. Los elefantes han olfateado algún saurio y temen sus mordeduras, que siempre son muy dolorosas.
El comareah, a la cuenta más decidido que su compañero, se resolvió por fin a meterse en el agua, que era bastante profunda, pues le llegaba hasta los costados.
Apenas habÃa recorrido tres o cuatro metros cuando se detuvo de golpe, imprimiendo una sacudida tan brusca al houdah, que por poco los cazadores van a parar al rÃo.