Los dos tigres

Los dos tigres

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—Veremos, pues, qué clase de muerte destina a ese pobre saurio; porque supongo que no le perdonará.

—Te reirás —dijo Tremal-Naik—. No quisiera encontrarme en el puesto del cocodrilo.

El comareah, sin preocuparse por los denodados esfuerzos que estaba realizando el apresado saurio, y llevándole siempre muy alto para evitar los coletazos, retrocedió hasta la orilla, la subió a toda prisa y se dirigió hacia un gran tamarindo que crecía aislado en medio de los bambúes, extendiendo sus intrincadas ramas en todas direcciones.

Miró durante unos instantes al árbol, y después de haber encontrado lo que le convenía, colocó al reptil entre dos bifurcaciones de las ramas, metiéndole a viva fuerza en aquella horquilla, de modo que no pudiera moverse.

Después de hacer esto, lanzó un potente y largo berrido, que debía de ser de satisfacción, y se volvió con toda tranquilidad hacia el río, bufando y moviendo la trompa, al mismo tiempo que brillaba en sus ojillos negros una maligna alegría.

—¿Habéis visto? —preguntó Tremal-Naik a sus compañeros.

—Sí —dijo Yáñez—; pero no acabo de comprender su intención.

—Ha condenado al reptil a un horrible suplicio.


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