Los dos tigres

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20. La torre de Barrekporre

El elefante había caído muerto a unos veinte pasos de la orilla, en un lugar tan fangoso y blando, que al cabo de unos cuantos minutos la mitad del cuerpo del enorme paquidermo había desaparecido.

Por todas partes chorreaba agua, como si aquel último trozo del junglar fuese una esponja.

Estaba lleno de espesísimas plantas acuáticas prodigiosamente desarrolladas, y un enorme grupo de palutarias, que exhalaban miasmas deletéreas, bordeaba aquella especie de playa, avanzando muy adentro de la laguna.

Todo estaba invadido por un tufo irrespirable, que obligaba a Yáñez y al francés a taparse las narices, y que parecía producido por carroñas en putrefacción, arrojadas al agua. Aquel olor nauseabundo es peligrosísimo, pues desarrolla inmediatamente las fiebres y el cólera.

—¡Bonito lugar! —exclamó Yáñez, que se había ido hacia las palutarias, en tanto que Sandokán, el cornac y Tremal-Naik vaciaban el houdah, antes de que se lo tragase el fango—. ¿Ha visto usted algún sitio más espléndido que este, señor De Lussac?

—Estos son nuestros Sunderbunds, señor Yáñez —contestó el aludido.


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