Los dos tigres
Los dos tigres »Mi fusil iba cargado con perdigones; pero, sin embargo, no vacilé en utilizarlo, y descargué los dos tiros contra ambas fieras.
»Naturalmente, no pensaba que pudiera matarlas ni mucho menos; pero vi que las panteras se detenían.
»Aproveché aquel instante para subir velozmente la escala. Pero a pesar de la rapidez de mi ascensión, el macho me alcanzó, pues de un solo salto cayó en la mitad de la escala, seguido de la hembra.
»El golpe fue tan violento, que por un instante creí que los bambúes se partían. Afortunadamente, no me desmoralicé. Comprendiendo que mi pellejo corría un gravísimo peligro, pasé el brazo izquierdo por uno de los travesaños para no ser arrastrado hasta el suelo, levanté el revólver e hice fuego por tres veces consecutivas casi a boca de jarro. El macho, herido en el hocico, cayó, arrastrando a la hembra, a la cual le había atravesado el cuello de un balazo.
»Apenas cayeron al suelo aquellas terribles fieras, volvieron de nuevo a la carga, y se lanzaron otra vez sobre la escala.
»Yo no había perdido el tiempo; de cuatro saltos me puse a salvo sobre la plataforma, donde los marineros, incapacitados para defenderse, puesto que no llevaban arma alguna, gritaban como desesperados.