Los dos tigres

Los dos tigres

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Con la rapidez del rayo, levantó la barra del timón y se lanzó hacia proa, en donde los tripulantes se habían colocado alrededor del hombre que había disparado, y gritó, con voz tenante:

—¡Traición! ¡Yáñez! ¡Lussac! ¡A la cubierta! Tremal-Naik le había seguido, armado con un hacha que encontró clavada en un barril entre un rollo de cuerdas.

Los hindúes echaron mano a sus cuchillos y desplegaron los lazos que hasta entonces habían tenido escondidos bajo las amplias chaquetas de tela.

—¡A ellos, muchachos! —repitió el piloto, que empuñaba una de esas cimitarras cortas que usan los maratti, y que llaman tarwar—. ¡A por el padre de la virgencita! ¡Al enemigo de Suyodhana!

—¡Ah, viejo perro! —gritó Tremal-Naik—. ¡Me has conocido! ¡Morirás!

Los ocho marineros se lanzaron sobre los dos amigos, con la ferocidad de los tigres. Como ya hemos dicho, eran mozos robustos, probablemente escogidos cuidadosamente, y muy distintos de los bengalíes, que por regla general son muy delgados.

Tres de ellos se abalanzaron sobre Sandokán; los otros, con el piloto, rodearon a Tremal-Naik.


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