Los dos tigres

Los dos tigres

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Por medio de un hábil movimiento, el Tigre de Malasia intentó cubrir a su amigo, que era quien corría mayor peligro; pero los thugs se dieron cuenta a tiempo de la intención, y le cerraron el paso.

—¡Protégete en la popa, Tremal-Naik! —gritó el pirata—. ¡Y aguanta un momento! ¡Yáñez, Lussac, Cornac, a mí!

Los tres marineros se le habían echado encima. Con un salto de pantera, salió del cerco, levantó la barra del timón, y luego la dejó caer con inusitada violencia sobre el más cercano, que intentaba abrirle el vientre.

El thug, herido en el cráneo, cayó al suelo como si fuese un buey herido por la maza del carnicero, y los sesos salpicaron la amura.

Al mismo tiempo cayó un lazo sobre el pirata, sujetándole el brazo derecho.

—¡Preso! —le gritó el estrangulador—. ¡Tikar, tírale al suelo!

—¡Bueno! ¡Toma! —contestó Sandokán. Dejó caer nuevamente la barra, pero esta vez al suelo, se inclinó, y con la cabeza fue a dar en medio del pecho de su adversario, lanzándole sin sentido al otro lado de la pinassa; enseguida, girando sobre sí mismo con la furia de un toro, se precipitó sobre el tercero, que iba a clavarle por la espalda, y le cogió fuertemente por los brazos para impedirle que hiciera uso del cuchillo.


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