Los dos tigres

Los dos tigres

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De Lussac y el cornac llevaban sus cuchillos de caza, armas sólidas y de hoja larga, y Yáñez llevaba en la faja una de esas formidables navajas españolas que abiertas parecen una espada.

El portugués la abrió de un golpe seco, y se lanzó por la escala, gritando:

—¡Arriba, amigos! ¡Aquí se degüellan!

Cuando los thugs, que procuraban hacer caer a Tremal-Naik, vieron aparecer sobre cubierta a los dos hombres blancos y al cornac, se dividieron en el acto, escogiendo cada uno a su adversario.

El piloto y un marinero quedaron haciendo frente a Tremal-Naik, que había terminado por apoyarse contra la borda de babor; otros dos hombres se lanzaron sobre el francés, y los otros tres se abalanzaron sobre Yáñez y el cornac.

—¡Ah, canallas! —gritó el portugués, saltando hacia la lona de popa y arrancándola de un tirón para rodearse con ella el brazo izquierdo—. ¿Es así como aquí se traiciona? ¡A mí vosotros dos y tú con uno, cornac, y agujeréale la piel!

La lucha entre aquellos catorce hombres se hizo todavía más encarnizada, en tanto que la pinassa, cuyo mando había sido abandonado, se balanceaba al impulso de las olas que la creciente marea producía a través de la laguna.


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