Los dos tigres
Los dos tigres El valiente joven manejaba de un modo admirable el cuchillo, y unas veces con ataques rápidos como la centella y otras con retiradas imprevistas, mantenÃa siempre a raya a sus adversarios.
—A Yáñez, primero —se dijo Sandokán. En tres saltos se situó a espaldas de los bribones, gritando:
—¡Os mato!
Dos de ellos se volvieron y se lanzaron sobre él, bramando al propio tiempo:
—¡A ti es a quien vamos a matar!
Sandokán hizo girar vertiginosamente la pesada barra, y como un relámpago, descargó un tremendo golpe sobre el más cercano, derribándole y hundiéndole varias costillas.
El otro que se habÃa vuelto hacia él, espantado por lo sucedido a su compañero, se giró de espaldas y se dirigió hacia la proa; pero la terrible maza le detuvo a medio camino, golpeándole de un modo brutal entre los hombros.
Cayó de rodillas; pero, sin embargo, todavÃa tuvo fuerzas suficientes para incorporarse de nuevo, saltar la borda y arrojarse de cabeza en la laguna.
Sandokán iba a lanzarse ahora sobre el marinero que luchaba con Yáñez, cuando le vio encogerse de improviso sobre sà mismo, y enseguida rodar desplomado con los brazos extendidos sobre la cubierta.