Los dos tigres
Los dos tigres Mientras el cornac rodaba muerto sobre la cubierta, con las manos puestas sobre su horrible herida, de la cual salía un verdadero torrente de sangre, un hombre caía a unos cuatro pasos más allá, con la cabeza abierta por un formidable hachazo.
Era el viejo, el piloto.
Tremal-Naik, aprovechándose de un paso en falso que había dado su adversario, debido a un brusco balanceo de la embarcación, le había descargado el furibundo golpe.
El viejo abrió los brazos, dejó escapar el tarwar, y dando dos o tres pasos, cayó luego sobre la toldilla, en tanto que por la herida salía la sangre junto con la masa encefálica.
Pero el bengalí no se veía todavía libre, porque tenía delante a otro hombre que aún podía darle mucho trabajo; sin embargo, el hacha era un arma más poderosa que el cuchillo que manejaba el thug.
Con una sola mirada, Sandokán se hizo cargo del estado de la lucha, comprendiendo enseguida que quien mayor peligro corría en aquel momento era Yáñez, que estaba haciendo frente a tres hombres.
El teniente también se veía acometido por dos, que se le echaban encima como auténticos perros rabiosos, pero, sin embargo, no parecía que corriese un peligro inminente.