Los dos tigres

Los dos tigres

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—No puede ser otra que la ballenera del Mariana —intervino Tremal-Naik—. Nadie se atrevería a meterse por entre los canales de los Sunderbunds, a no ser que le hubiera arrojado hasta allí alguna tempestad; y a mí me parece que en el golfo de Bengala no debe de haber ninguna en estos momentos.

—Se dirige hacia la isla —dijo Yáñez, que tenía la vista tan aguda como el Tigre—, y se me figura que distingo allá abajo una pequeña ensenada. Tal vez el prao se haya refugiado en aquel lugar.

—¡Orza a la banda! —gritó Sandokán a Sirdar—. ¡Cíñete a la costa!

La pinassa, que marchaba velozmente, pues la brisa era cada vez más fuerte, se dirigió hacia Raimatla, en tanto que la chalupa desaparecía de la ensenada que había señalado el portugués.

La pequeña embarcación llegaba, tres cuartos de hora más tarde, a la embocadura de una especie de canal que parecía internarse en la isla un centenar de metros aproximadamente, y que estaba obstruido en muchas partes por unos pequeñísimos islotes cubiertos de elevadísimos bambúes y rodeados de plantas palutarias.

Sandokán, que había vuelto a empuñar el timón, metió atrevidamente la pinassa en aquel brazo de agua. Tremal-Naik y Sirdar se pusieron inmediatamente a efectuar sondajes.


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