Los dos tigres

Los dos tigres

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—No estaba cargada más que una, sahib, y nosotros no llevábamos a bordo pólvora ni balas —respondió el joven.

—¡Es cierto! —afirmó Sandokán—. Las otras las habíamos descargado en la torre para llamar la atención de la pinassa. ¡Pues ha sido una verdadera suerte, porque, de lo contrario, nos hubieran fusilado con nuestras propias armas!

—Esa era la intención del piloto —dijo Sirdar—. Pensando en eso fue que os robaron las carabinas.

—Capitán Sandokán —dijo en aquel momento el señor De Lussac, que se había encaramado en la entena de la vela de proa para dominar con la vista un espacio más amplio—, veo un punto negro surcando el canal.

Rápidamente, el Tigre de Malasia dejó el timón en manos de Sirdar, y se dirigió hacia la proa, seguido de Yáñez.

—¿Hacia el Sur, señor De Lussac? —preguntó.

—Sí, capitán, y parece dirigirse hacia Raimatla. Sandokán, que tenía una vista extraordinariamente aguda, miró en la dirección indicada, y, efectivamente, vio, no sólo un punto, sino una sutil línea negra que atravesaba el canal a una distancia aproximada de siete u ocho millas.

—Es una chalupa —dijo.


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