Los dos tigres
Los dos tigres Esas fieras poseen una audacia tan grande, que en muchas ocasiones, y de un solo salto, caen sobre el puente de las chalupas o de los veleros pequeños que cometen la imprudencia de ir demasiado próximos a la orilla, y se apoderan de algún tripulante ante los ojos de sus compañeros, aterrados e impotentes para rechazar el inesperado asalto.
—¡Tened cuidado! —dijo Sandokán, que habÃa sustituido a Yáñez en el timón—. Si Sambigliong o Kammamuri se han atenido a mis instrucciones, deben de haber escondido el prao en algún canal pequeño de por aquÃ, y desmontado luego la arboladura; por lo tanto, puede ocultarse incluso a nuestras miradas.
—Indicaremos nuestra presencia con algún tiro —dijo Tremal-Naik—. He encontrado una de las carabinas.
—Seguro que es la que empleó el thug contra nosotros.
—Debe de ser esa misma.
—Sà —dijo Sirdar, que iba sentado en la amura de popa.
—¿Y las otras? —inquirió Sandokán.
—El viejo piloto ordenó arrojarlas a la laguna, para que no pudierais serviros de ellas.
—¡Viejo estúpido! —exclamó Yáñez—. ¡Pudo haberlas utilizado él mismo contra nosotros!