Los dos tigres

Los dos tigres

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Sandokán se había apresurado a poner la proa hacia el Sur, en donde se abrió un ancho canal, que según le había dicho Tremal-Naik era el de Raimatla. Estaba formado por dos islas muy bajas y de amplias dimensiones, cubiertas de gigantescas cañas.

Hacia el Este se extendían otros islotes, también cubiertos por una espesísima vegetación, formada, en su mayor parte, por bambúes espinosos y algunos grupos de cocoteros.

Millares de pájaros acuáticos revoloteaban sobre aquellas tierras pantanosas, y los devoradores de carroñas, los marabúes, los mozzagries y los arghilaks, se contaban a cientos. Allí debían de tener abundante comida, a juzgar por el olor nauseabundo que se desprendía de aquellos lugares.

Lo más probable es que las orillas estuvieran llenas de cadáveres, empujados hasta ellas por la marea y las olas.

La pinassa, que era una velera muy buena, bogaba admirablemente, obedeciendo a la menor presión del timón. En menos de una hora llegó a la punta septentrional de la isla, la cual seguía alargándose hacia Oriente, y empezó a seguir la orilla, sosteniéndose, sin embargo, a una cierta distancia para no verse acometida de improviso por los tigres que por allí abundaban.


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