Los dos tigres

Los dos tigres

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—¡Miserables! —exclamó Tremal-Naik—. ¡También obligaban a su madre a que derramara sangre humana ante Kali! ¡Cobardes!

Un sollozo estalló en la garganta del pobre padre.

—¡Cálmate! —dijo Sandokán, afectuosamente—. ¡Se la quitaremos! ¿Para qué hemos venido desde nuestra lejana isla de Mompracem? ¡Uno de los tigres debe morir, y será el de la India el que caiga en este combate!

Cogió la navaja de Yáñez y cortó las ligaduras del prisionero, al propio tiempo que le decía:

—Te perdonamos la vida y te damos la libertad, a cambio de que nos guíes a Raimangal y a esos subterráneos misteriosos.

—Sirdar cumplirá su palabra, porque mi odio hacia esos asesinos es tan grande como el vuestro. ¡Que Yama, dios de la muerte y de los infiernos, me condene para toda la eternidad, si hago traición a mi promesa! ¡Reniego de Kali, y vuelvo a ser bramin!

—¡Yáñez, al timón! —dijo Sandokán—. ¡Se levanta el viento, y el Mariana no debe de estar lejos! ¡Coja la escota, señor De Lussac! Bogaremos como un steamer[27].

Empezó a soplar una fresca brisa que hinchó las velas de la embarcación y dispersó la niebla producida por la abundante evaporación del agua.


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