Los dos tigres

Los dos tigres

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—Tienen una policía secreta digna de elogio, con objeto de hacer inútiles todas las tentativas que organice el Gobierno de Bengala para destruirlos —dijo Sirdar—. Siempre están temiendo un golpe por parte de las autoridades de Calcuta, y por ese motivo los junglares y los Sunderbunds están llenos de espías de los thugs. Si algún grupo sospechoso entra por los junglares, enseguida lo advierten las notas agudas de los ramsingas, que se van repitiendo hasta las orillas del Mangal. Como veis, es imposible sorprenderlos.

—¿Crees tú, entonces, que no se les puede acometer en su isla? —preguntó Sandokán.

—Quizá; pero es preciso hacerlo con extrema prudencia.

—¿Conoces tú esos subterráneos?

—He estado en ellos varios meses —contestó Sirdar.

—¿Cuándo estuviste por última vez?

—Hace cuatro semanas.

—¡En ese caso, habrás visto a mi hija! —gritó Tremal-Naik, con una emoción indescriptible.

—Sí; una noche la vi en la pagoda, mientras la enseñaban a verter la sangre de un pobre molango, inmolado pocas horas antes, en el recipiente donde nada el mango sagrado.


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