Los dos tigres
Los dos tigres —Si el viento no deja de sernos favorable —dijo Tremal-Naik a Sandokán, que miraba con curiosidad aquellas tierras bajas materialmente cubiertas de árboles de la fiebre—, antes de medianoche estaremos en el cementerio flotante del Mangal.
—¿Estás seguro de que encontraremos un buen sitio para esconder la pinassa?
—Conozco el Mangal palmo a palmo, pues en sus orillas vivÃa yo cuando era cazador de tigres y de serpientes del junglar negro. Quizá ya no exista la cabaña que me sirvió de refugio durante largos años. Me gustarÃa volver a verla, porque en sus alrededores fue donde encontré por primera vez a la que habÃa de ser mi esposa.
—¿Ada?
—Sà —dijo Tremal-Naik, exhalando un profundo suspiro, mientras que una vivÃsima emoción alteraba su rostro—. Era una hermosa tarde de verano, y el sol, flotando en un océano de fuego, se escondÃa poco a poco tras las gigantescas cañas. Entonces ella se me apareció como una diosa entre una mata de musenda. ¡Ah, visión dulcÃsima y querida!
—¿Y cómo permitÃan los thugs que la virgen de la pagoda se pasease por el junglar?