Los dos tigres
Los dos tigres —¿A quién iban a temer? Ella no podÃa huir. SabÃan que no se atreverÃa a atravesar el enorme junglar, e ignoraban, o por lo menos eso supongo, mi presencia en aquellos lugares.
—¿Y se te aparecÃa todas las tardes?
—Todas, a la hora de la puesta del sol. Nos mirábamos sin decirnos palabra. Yo la creÃa una divinidad, y no osaba preguntar nada; al fin, una tarde no apareció; y aquella misma noche, los thugs asesinaron a un criado mÃo al que yo habÃa enviado a la orilla del Mangal para tender una trampa a un tigre.
—¿Y fuiste a buscarla a la pagoda?
—SÃ; allà la vi verter sangre humana ante la monstruosa estatua de Kali, y la vi llorar y maldecir a los miserables que la habÃan raptado.
—¿Fue entonces cuando los thugs te sorprendieron y Suyodhana, su gran jefe, te clavó su puñal en el pecho?
—SÃ, Sandokán —dijo Tremal-Naik—. Si en aquel momento no le hubiera temblado la mano, no estarÃa yo aquà contándote esta terrible historia. Nadie hubiera hablado jamás del cazador de serpientes del junglar negro. Pero antes maté a muchos de aquellos miserables, y cuando caà en sus manos fue después de una lucha desesperada.
—HabÃas descendido a la pagoda por una cuerda que sostenÃa una lámpara, ¿no es eso?