Los dos tigres
Los dos tigres —No; a la orilla de un estanque.
—¡Sirdar!
El joven se acercó apresuradamente.
—Ha llegado el momento de poner manos a la obra.
—Estoy dispuesto, sahib.
—Hemos oÃdo tu juramento; ¡no lo olvides!
—Sirdar podrá ser un hombre despreciable por muchas razones, pero jamás faltará a su promesa.
—¿Qué plan te has trazado?
—Ir a ver a Suyodhana y decirle que la pinassa ha caÃdo en manos de un grupo de gentes que nos atacaron y que mataron a toda la tripulación, de la cual solamente yo he podido salvarme.
—¿Te creerá?
—¿Por qué no? Además de que es verdad, siempre ha tenido confianza en mÃ.
—¿Y después?
—Me informaré de si la niña está todavÃa en los subterráneos, y os avisaré la noche en que ella vaya a hacer el ofrecimiento de la sangre ante la estatua de la diosa. Debéis estar preparados para entrar en la pagoda; pero tened mucho cuidado y procurad que no puedan veros.
—¿Cómo vas a advertirnos?
—Si Surama ha llegado ya, os la enviaré.
—¿La conoces?
—SÃ, sahib.