Los dos tigres

Los dos tigres

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Por un momento tuvo la idea de lanzarse en persecución del fugitivo, pero se contuvo, temiendo caer en alguna emboscada.

—¿Habéis visto a ese hombre? —preguntó a Yáñez y a Kammamuri.

—¿Cuál? —preguntaron a un tiempo el portugués y el maharato.

—Un hombre que estaba escondido detrás de una de esas columnas. Tienes razón, Kammamuri, al sospechar que los thugs vigilan esta casa. Acabamos de comprobarlo en este momento. Pero ¡poco importa! Ese espía no ha podido vernos la cara; esto está muy oscuro para que sea posible reconocemos.

Kammamuri abrió la puerta y volvió a cerrarla sin hacer ruido. Subieron por una escalera de mármol, alumbrada por una especie de linterna china, y el guía introdujo a sus dos acompañantes en un saloncito amueblado a la inglesa con gran sencillez, en el cual había varias sillas y una mesa de bambú, trabajado con mucho arte.

Del techo pendía un globo de cristal azul que esparcía una luz suave, haciendo brillar las losas rojas, amarillas y negras del pavimento.

Acababan de entrar cuando se abrió una puerta, y un hombre se precipitó en los brazos de Sandokán primero y de Yáñez después, mientras exclamaba:


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