Los dos tigres

Los dos tigres

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—¡Amigos míos! ¡Mis valientes amigos! ¡Cuánto os agradezco que hayáis venido! Vosotros me devolveréis a Damna, ¿no es cierto?

El hombre que así se expresaba tenía un buen tipo de bengalés, y aparentaba unos treinta y cinco o treinta y seis años de edad; era alto, esbelto, sin ser delgado, de facciones finas y enérgicas, color un poco bronceado y ojos negros y brillantes.

Vestía a la moda de los nativos ricos y modernizados de la joven India, que ya han abandonado el dooté[12] y el dubgah y lo han sustituido por el traje anglo-hindú, más sencillo, y cómodo, consistente en chaqueta entallada, blanca y con alamares de seda, faja recamada y muy ancha, pantalón ceñido, también blanco, y pequeño turbante recamado.

Sandokán y Yáñez correspondieron a los abrazos del hindú, y el primero le contestó, afectuosamente:

—Cálmate, Tremal-Naik. Si hemos dejado nuestra salvaje isla de Mompracem y nos hallamos aquí es porque venimos decididos a emprender la lucha contra Suyodhana y sus sanguinarios bandidos.

—¡Damna mía! —exclamó el hindú, lanzando un sollozo desgarrador y apretándose los ojos, como para impedir que le brotasen las lágrimas.


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