Los dos tigres
Los dos tigres —¡La encontraremos! —dijo Sandokán—. Ya sabes de lo que fue capaz el Tigre de Malasia cuando eras prisionero de James Brooke, el rajá de Sarawak. Y de la misma manera que destroné a aquel hombre, que se llamaba a sà mismo el exterminador de los piratas y que le bastaba una sola palabra para hacer temblar a todos los sultanes y al propio rajá de Borneo, igualmente venceré a Suyodhana y le obligaré a que te devuelva a tu hija.
—¡SÃ! —dijo Tremal-Naik—. Tan sólo tú y Yáñez podéis mediros con esos malditos sectarios, con esos sanguinarios adoradores de Kali, y vencerlos. ¡Ah! ¡Si tuviese que perder también a mi hija, después de haber perdido a mi Ada, la única mujer a quien he amado, creo que me morirÃa o me volverÃa loco! ¡Es demasiado! ¡Me parece que se me rompe el corazón!
—TranquilÃzate, Tremal-Naik —dijo Yáñez, que estaba muy conmovido ante el profundo dolor del hindú—. Ahora no se trata de llorar, sino de actuar y de comenzar la lucha sin pérdida de tiempo. Pero dinos primero, mi pobre amigo, ¿tienes la convicción de que los thugs han vuelto a reunirse de nuevo en los subterráneos de Raimangal?
—Tengo la completa certeza —contestó el hindú.
—¿Y de que también esté allà Suyodhana?
—Dicen que también ha vuelto.