Los dos tigres
Los dos tigres —¿Hay bastante calado en los Sunderbunds?
—SÃ, porque también existen varios brazos de mar. Tu prao puede encontrar allà magnÃficos refugios contra los vientos y las olas.
—Nómbrame uno de esos lugares.
—El de Raimatla, por ejemplo.
—¿Está muy lejos de la guarida de los thugs?
—A unas veinte millas.
—Perfectamente —dijo Sandokán—. Además de Kammamuri, ¿tienes algún otro criado fiel?
—Y dos también, si los necesitas. Sandokán metió una mano en el bolsillo interior de su vestido y sacó un gran fajo de billetes.
—Pues encarga a ese criado fiel que adquiera dos elefantes con sus respectivos conductores, sin reparar en el precio.
—Pero… yo… —balbució el hindú.
—Ya sabes que el Tigre de Malasia tiene diamantes para enterrar en ellos a todos los rajás y matharajás de la India —le interrumpió, sonriendo, Sandokán. Y añadió, con profunda tristeza—: Ni Yáñez ni yo tenemos hijos. ¿Qué vamos a hacer con las inmensas riquezas acumuladas en quince años de correrÃas? ¡El destino ha sido muy cruel conmigo al arrebatarme a Mariana!