Los dos tigres

Los dos tigres

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Mientras pronunciaba estas palabras, el formidable pirata se había levantado, presa de una gran agitación. Un dolor indescriptible, agudísimo, alteraba las facciones del antiguo pirata del archipiélago malayo. Dio dos o tres vueltas por el saloncito con el ceño fruncido, los labios apretados y las manos apoyadas con fuerza sobre el pecho. Sus ojos, llameantes, miraban al vacío.

—¡Sandokán, hermano mío! —le dijo Yáñez, con un tono cálido en la voz, poniéndole la mano sobre el hombro.

El pirata se detuvo, y un ronco sollozo salió de entre sus labios.

—¡No podré olvidarla jamás! —gritó con voz ahogada y enjugándose casi con rabia dos lágrimas que le temblaban en las largas pestañas—. ¡Nunca! ¡Nunca! ¡He amado demasiado a la Perla de Labuán!

—¡Sandokán! —repitió Yáñez.

De pronto, el rostro del pirata, que hacía sólo un instante estaba tan alterado, había vuelto a adquirir su expresión habitual, tranquila y enérgica.

—Cuando tengamos la seguridad de que Suyodhana está allá abajo —dijo—, iremos a los Sunderbunds. ¿Puedes comprar mañana los elefantes?

—Eso creo —dijo Tremal-Naik.


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