Los dos tigres

Los dos tigres

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—Perderían ustedes más tiempo y tendrían menos probabilidades de ganar las veinticuatro horas que tenemos que perder. Vénganse a mi casa, señores, y descansemos hasta mañana. A las nueve iré a ver al gobernador, y antes de mediodía ya nos habremos puesto en camino.

Comprendiendo que era inútil hacer más objeciones, Sandokán y sus gentes aceptaron de buena gana la hospitalidad que se les brindaba, y se hicieron conducir al Strand, donde estaba situado el palacete en que vivía el francés.

Durante toda la velada estuvieron haciendo planes, tratando de hallar un medio para alcanzar al enemigo antes de que pudiera unirse a los rebeldes.

A la mañana siguiente, un poco antes de las once, el teniente, que había salido muy temprano, entraba de nuevo en su palacete con alegre semblante.






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