Los dos tigres
Los dos tigres —¡Hum! —dijo el cipayo, volviendo la cabeza—. Si se hubieran levantado todos los hindúes, a estas horas no habrÃa ni un inglés en el Indostán; pero han tenido miedo, nos han dejado solos y nosotros pagaremos por todos. ¡Porque estoy seguro de que esos malditos europeos no van a darnos cuartel! ¡En fin, sea! ¡Les demostraremos cómo saben morir los indostanos!
En cuanto hubo transcurrido un cuarto de hora, Bedar se levantó diciendo:
—¡SÃganme ustedes, señores! ¡A Abu-Assam no le gusta esperar!
Salieron de la cabaña seguidos por un pelotón de caballerÃa que hasta entonces habÃa permanecido oculto detrás de otra choza, y se dirigieron hacia la plazoleta central, en donde Abu-Assam tenÃa establecido su cuartel general.
Todos los cobertizos, lo mismo que las calles, estaban llenos de insurrectos que velaban. Alrededor de grandes hogueras charlaban, teniendo las armas al alcance de la mano y dispuestos a montar a caballo al primer toque de alarma.