Los dos tigres

Los dos tigres

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En lugar de contestar a esa pregunta, el viejo espetó:

—¡Está bien! Dentro de dos o tres horas iréis a Delhi con el subadhar para que no os tomen por enemigos y os fusilen. Seguid a la escolta que os ha traído; pero dejad aquí las armas, porque no se os devolverán sino cuando estéis dentro de la ciudad.

—¿Adónde va a conducirnos la escolta?

—Al depósito de enganches —contestó el general, haciéndoles seña con la mano para que saliesen.

Tremal-Naik y sus compañeros obedecieron y, ya fuera, encontraron nuevamente a la escolta y al subadhar.

—Síganme ustedes, señores —dijo este, rodeándolos con sus hombres—. ¡Todo va bien!

Bedar se acercó a Tremal-Naik, susurrándole al oído:

—¡No se confíen! ¡Esto va mal para ustedes; pero nos veremos pronto!

La escolta se puso en marcha. No habían dado muchos pasos, cuando dos hombres con el rostro casi tapado por los enormes turbantes que llevaban y que eran los mismos que habían acompañado al subadhar en su visita a la cabaña, entraron en la habitación del general.

—¿Son esos? —preguntó el viejo al verlos entrar.


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