Los dos tigres
Los dos tigres —No lo sé; sin embargo…
—¡Continúa! ¡Nosotros no somos hombres que nos impresionemos fácilmente!
El subadhar miró a los prisioneros con ojos llenos de asombro. Aquel aire impasible en hombres que iban a morir le asombró.
—¿Creen ustedes que lo que yo pretendo es asustarlos? —inquirió.
—¡Nada de eso! —contestó Yáñez.
—¿Son ustedes de hierro, entonces?
—No somos mujerzuelas; nada más.
—Si yo fuese el general, se lo juro a ustedes, respetarÃa su vida —dijo el subadhar—. Es triste tener que matar a hombres tan valientes.
—DÃgame usted —dijo Sandokán—; ¿nos fusilarán sin juzgarnos?
—Eso parece.
—¿Qué pruebas tiene el general para no creer que somos gentes honradas que hemos venido hasta aquà para luchar a vuestro lado?
—Creo que alguien le ha presentado pruebas.
—¿De que somos espÃas?
—Lo ignoro, señores. Descansen ustedes lo mejor que puedan y coman, porque la cena es abundante y variada. Hay también un pastel que les envÃa un cipayo al que ustedes conocen.
—¿Bedar? —preguntó Tremal-Naik.