Los dos tigres
Los dos tigres —SÃ, señor; Bedar.
—Déle usted las gracias de nuestra parte —dijo Yáñez—. Y dÃgale que le haremos los honores.
El subadhar ordenó a su escolta que se retirase y él les acompañó, un poco contristado, al ver que a hombres tan intrépidos como aquellos, se les iba a asesinar sin juzgarlos e incluso sin escucharles siquiera.
—¡Bedar nos envÃa un pastel! —exclamó Yáñez, cuando el subadhar hubo cerrado la puerta—. Contendrá alguna cosa que pueda sernos útil.
Sandokán abrió con mucho cuidado la cesta, que era más alta que ancha, y sacó un soberbio pastel en forma de torre, con una magnÃfica corteza de color amarillo tostado y rodeado de blancas ananas, las cuales formaban un artÃstico adorno.
—¡Por Júpiter! —exclamó Yáñez, aspirando con visible satisfacción el delicioso aroma que exhalaba—. ¡No creÃa que los hindúes fueran tan hábiles pasteleros, ni que aquà nos encontrásemos con semejante obra maestra!
—Debe de haber sido comprado en la ciudad.
—¡Ese Bedar es un hombre muy amable!
—Y quizá más listo que amable —dijo Sandokán, cogiendo un tenedor de estaño y disponiéndose a levantar la corteza de encima, que formaba como la plataforma de aquella torre—. Es tan grande, que no creo que no traiga algo escondido en su interior.