Los dos tigres
Los dos tigres Apartó cuidadosamente las ananas y levantó la corteza. No pudo reprimir un grito de sorpresa y alegrÃa.
—¡Me lo habÃa figurado! —exclamó.
Aquella enorme torre estaba por dentro completamente vacÃa; es decir, vacÃa no, porque en el fondo Sandokán vio algunos objetos que se apresuró a extraer.
HabÃa un buen rollo de cuerda de seda, delgada como un bramante, pero de una consistencia más que suficiente como para sostener a un hombre sin temor a que se rompiera; habÃa, además, cuatro limas pequeñas y tres cuchillos.
Lo último que extrajo de allà fue un pedazo de papel, en el cual habÃa varias palabras escritas.
—Lee —dijo, pasándoselo a Tremal-Naik.
—SÃ; es de Bedar —confirmó el bengal×. ¡Ah! Es un hombre valiente y bueno.
—¿Qué dice? —preguntaron, con impaciencia, Yáñez y Sandokán.
—Que a medianoche nos deslicemos hasta el recinto que hay detrás de la muralla, donde él nos esperará, y que nos tiene preparado un elefante para favorecer la huida.
—¿Cómo se las habrá arreglado para encontrar un elefante? —preguntó Yáñez.