Los dos tigres

Los dos tigres

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—Lo habrá alquilado en Delhi —contestó Tremal-Naik—; es algo muy sencillo cuando se tienen algunos centenares de rupias, suma modesta que puede poseer cualquier cipayo.

—Y que se la multiplicaremos, si logra salvarnos —dijo Sandokán—. Por fortuna, el general no mandó que nos registrasen.

—¿Tienes todavía encima muchos diamantes? —preguntó Yáñez—. Porque ya sabes que yo aún tengo mi reserva.

—¡Deja en paz tu reserva! —contestó Sandokán—. Pueden darme cuarenta mil rupias sin pensárselo demasiado por la mitad de lo que llevo en mi bolsillito. ¡Basta de conversación! Ya se ha puesto el sol, y lo que tenemos que hacer nos llevará mucho tiempo.

—Las limas de este país valen tanto como las inglesas —dijo Yáñez—. Y los barrotes de hierro, aun cuando son muy gruesos, pueden ceder antes de un par de horas.

Se aproximaron a una ventana, y miraron con mucha cautela hacia las ruinas y montones de escombros que por allí había, por si se hallaba escondido algún centinela.

—¡Nada! ¡Aquí no hay nadie! —dijo Sandokán—. ¡No sospechan de nosotros!


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