Los dos tigres
Los dos tigres Dicho esto, Yáñez se tendió, bostezando y blasfemando. El subadhar se quedó perplejo durante unos instantes, y al ver que ninguno de aquellos hombres le hacÃa el más mÃnimo caso, les dio las buenas noches y se marchó, cerrando la puerta con cuidado.
—¡Que te coja el cólera! —dijo Yáñez, volviendo a levantarse—. ¡Ese bribón se ha creÃdo que nos va a fusilar!
—Tu prudencia y tu sangre frÃa valen mil veces más que mi impetuosidad —le dijo Sandokán—. Yo le hubiese acometido con el barrote, y quizá os hubiese perdido, en lugar de salvaros.
—¡Soy tu válvula reguladora! —contestó, riendo, el portugués—. ¡Apresurémonos, amigos, o, de lo contrario, Bedar va a impacientarse!
Sandokán se encaramó a la ventana, se cogió a la cuerda y se dejó escurrir hasta tocar tierra sin producir el menor nudo. Empuñando el barrote, miró en derredor y no vio a nadie. Luego, con un ligero silbido, advirtió a sus compañeros de que no les amenazaba ningún peligro, y poco después descendÃa Yáñez, seguido inmediatamente por Tremal-Naik.
Después, los malayos bajaron uno tras otro.
—¿Dónde estará Bedar? —preguntó Sandokán. Apenas habÃa hecho esta pregunta, cuando vio una sombra humana que aparecÃa en el recinto.