Los dos tigres
Los dos tigres —Pero ¿es que no nos vais a dejar dormir, ni siquiera la última noche que nos queda con vida? ¿Es decir, que este es un paÃs maldito? ¿Qué es lo que quiere usted ahora, subadhar? ¿Repetirnos una vez más que mañana por la mañana nos fusilarán? ¡La noticia es ya bastante vieja, y molesta, por añadidura!
El oficial escuchó todo aquel torrente de palabras, con el asombro que puede suponerse.
—Perdóneme usted —dijo, al cabo—; yo no les habÃa dicho eso con seguridad; era una suposición mÃa.
—¿Y qué quiere decir usted con eso? —preguntó Yáñez, arrugando el entrecejo.
—Que el general me ha encargado que viniera a confirmárselo a ustedes y a preguntarles si deseaban alguna cosa.
—¡DÃgale usted a ese cargante que tenemos necesidad de dormir! ¿Oye usted? Mis compañeros, que no se han despertado aún con esta visita, ya están roncando.
—Adviértales usted…
—SÃ, que mañana nos fusilan. ¡Y váyase usted ya con mil diablos!