Los dos tigres
Los dos tigres —¿Qué te sucede?
—¡Me parece que alguien sube la escalera!
—¡Apoyaos contra la puerta, e impedidle la entrada!
—¡Es demasiado tarde!
Un rayo de luz se deslizaba por la ranura inferior, y de pronto se oyó la voz del subadhar.
—¡Preparémonos a caer sobre él y a matarle! —dijo Sandokán, cogiendo también una barra de hierro—. ¡Malayos, conmigo!
Los cuatro marineros se habÃan lanzado hacia su capitán, como si hubieran sido movidos por un mismo resorte, dispuestos a empeñar una lucha a vida o muerte.
—¡Sandokán! —dijo Yáñez, que jamás perdÃa su presencia de ánimo—. ¡Déjame hacer a mÃ! Acostaos todos y fingid que dormÃs. ¡Yo me encargo de enviar al cuerno a ese pelmazo! Una lucha ahora, lo estropearÃa todo.
—¡Bueno, sea! —contestó Sandokán—. Pero estaremos preparados, por si el subadhar recela algo.
Apenas tuvieron tiempo de acostarse a lo largo de una de las paredes, ocultando los barrotes y los cuchillos bajo sus propios cuerpos, cuando apareció el subadhar con una linterna encendida en una mano, y acompañado de varios soldados que llevaban la bayoneta calada. Yáñez se incorporó vivamente, fingiendo mal humor, y dijo: