Los dos tigres
Los dos tigres Sandokán, Yáñez y el bengalà sustituyeron entonces a los cansados malayos, para apresurar el trabajo. TodavÃa faltaba un rato para la medianoche, cuando ya la última barra quedó fuera de su sitio, arrancada por un poderoso tirón que le diera Sandokán.
—¡Ya está el camino libre! —dijo el Tigre de Malasia, respirando a pleno pulmón el aire fresco dé la noche—. ¡Ya no falta más que atar bien la cuerda y echarla del otro lado!
—Y armarnos con estas barras, ya que pueden sernos de mucha utilidad en el caso de que nos acometan —añadió Yáñez—. Con un golpe dado con esto, puede matarse a un hombre.
—No pensaba dejarlas aquà —respondió Sandokán. Cogió el rollo de cuerda, lo desenvolvió, echó fuera un cabo, ató el otro a la cuarta barra, y después de haberse asegurado de su solidez, dijo:
—¡Solicito el honor de ser el primero en bajar! Se metió en la faja uno de los tres cuchillos, pasó a través de la ventana y se asió a la cuerdecilla, mientras decÃa a sus compañeros:
—Vosotros proteged la retirada, por si acaso.
—¡Nadie entrará hasta que hayáis bajado todos! —contestó Yáñez, apoderándose de una de las traviesas y colocándose detrás de la puerta.
—Yo te haré compañÃa —añadió Tremal-Naik.
—¡Por Júpiter!