Los dos tigres
Los dos tigres Eran aproximadamente las cuatro de la mañana, cuando Sirdar se detuvo ante un elegante palacete que tenÃa la techumbre en forma de punta, como la de los bungalows de dos pisos, y de arquitectura indo-árabe.
Todas las ventanas, menos una, estaban a oscuras.
—Ahà duerme Suyodhana —dijo Sirdar, volviéndose hacia Sandokán—, y ahà también está la niña.
—¿Cómo podremos entrar sin que nos vea? ¿Crees que estará aún levantado?
—He visto dibujarse una sombra a través de los cristales, y me parece que es él —respondió el bramin—. El balcón está sostenido por postes de madera y me parece que no ha de ser difÃcil escalarlo, aun cuando yo tengo la llave, como les he dicho.
—Prefiero escalar —contestó Sandokán.
Hizo seña a Yáñez y a Tremal-Naik para que se acercasen, y enseguida les dijo:
—Pase lo que pase, vosotros permaneceréis como simples espectadores. O mata el Tigre de la India al de Malasia, o este mata al de la India. ¡No temáis; no he de ser yo el que sucumba en esta lucha! ¡Arriba, Sirdar!
—¡Ten cuidado, Sandokán! —dijo Tremal-Naik—. ¡Sé lo peligroso que es ese hombre! Déjame que yo le acometa, aun cuando no ignoro que eres cien veces más diestro y más valiente que yo.