Los dos tigres

Los dos tigres

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—Tú tienes una hija, y yo no tengo ninguna —respondió Sandokán—. Y detrás de mí está Yáñez. ¡Él me vengará!

Sirdar se había agarrado a una de las columnas que sostenían la barandilla, y subió sin hacer ruido, metiéndose tras las cortinas de fibras de coco que cubrían la balaustrada. Sandokán y sus dos compañeros le imitaron, y poco después, estaban ya los cuatro hombres juntos.

Al ir a entrar en una de las habitaciones, Tremal-Naik tropezó con un jarrón y lo tiró.

—¡Maldito sea! —murmuró el bengalí. De improviso, apareció una sombra detrás de los vidrios. Se detuvo mirando a la terraza, y enseguida abrió la puerta de cristales.

Casi inmediatamente, un hombre le cogió tan fuertemente por las muñecas, que le hizo soltar la pistola que empuñaba. Era Sandokán, que acometía al Tigre de la India.

De un fuerte empujón lanzó a Suyodhana dentro de la estancia, que estaba iluminada por una lámpara, y le dijo:

—¡Si das un grito, mueres!

El jefe de los thugs quedó tan sorprendido por aquella imprevista acometida, que ni siquiera pensó en oponer resistencia.


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