Los dos tigres

Los dos tigres

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Pero en cuanto vio aparecer detrás de Sandokán a Tremal-Naik, Yáñez y después Sirdar, lanzó un aullido de furor.

—¡El padre de la virgencita de la pagoda! —exclamó apretando los dientes—. ¿Qué quieres? ¿Cómo es que te encuentras aquí?

—¡Vengo a llevarme a mi hija, miserable! —bramó Tremal-Naik—. ¿En dónde está?

El terrible jefe de los estranguladores permaneció silencioso.

Con los brazos cruzados sobre el pecho, la mirada relampagueante y las facciones descompuestas, miraba a sus enemigos con odio, especialmente a Sirdar.

Era aquel un adversario digno del Tigre de Malasia: alto, todo él músculos y nervios, de hombros robustos, fino el rostro, al cual proporcionaba cierta dureza una larga barba ya canosa, y con los ojos negros inyectados en sangre.

Permaneció inmóvil durante algunos instantes, lanzando sobre sus adversarios una mirada feroz, y enseguida dijo, con voz dura:

—¿Sois vosotros los que habéis declarado la guerra?

—¡Sí, nosotros, que hemos destruido e inundado los subterráneos de Raimangal, y ahogado a los que vivían en ellos! —dijo Sandokán.


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