Los dos tigres
Los dos tigres Se detuvo bruscamente, y se acercó a la amura de estribor. DirigÃa la mirada hacia una embarcación que se deslizaba entre los barcos anclados en medio del rÃo.
—Me habÃa parecido ver la chalupa con la cabeza de elefante en que ayer vino Kammamuri —dijo—. Ha desaparecido detrás de aquel grupo de pinassas y de grabs; pero no tardará en dejarse ver nuevamente.
—Ya deberÃa de estar aquà —dijo Yáñez, sacando un magnÃfico cronómetro de oro—. Son las nueve.
Agarrándose a las escalillas del palo mayor, ambos se subieron a las bordas y, en efecto, vieron un fylt-sciarra parecido al que condujo al maharato la noche anterior hasta su barco.
Lo manejaban y conducÃan hábilmente a través de aquel laberinto de barcos cuatro remeros y un hombre que parecÃa, por su atuendo, un musulmán de la India del Norte.
—¿Se habrá disfrazado Kammamuri? —preguntó Sandokán—. Esa chalupa se dirige hacia nosotros.
Efectivamente, a los pocos minutos, la pequeña embarcación llegó hasta el costado de estribor del prao y se detuvo al pie de la escala.
El musulmán que lo guiaba cambió algunas palabras con los remeros y subió a bordo con gran agilidad. Se inclinó ante Yáñez y Sandokán, que le miraban con sorpresa.