Los dos tigres
Los dos tigres —Si no son diablos o adivinos, ninguno puede reconocer en ti al maharato de ayer.
—Todas las precauciones son pocas. Esta misma mañana he visto varias sombras sospechosas alrededor de la casa de mi patrón.
—Y te habrán seguido —dijo Sandokán.
—He tomado mis precauciones para despistarles, y creo haberlo conseguido. Salà de casa en un palanquÃn bien cerrado y ordené que me llevasen al strand, que siempre está lleno de gente; allà me bajé en una fonda. Me disfracé, y cuando salà de mi habitación, nadie me reconoció, ni siquiera los criados. En el muelle de la ciudad negra estaba el fylt-sciarra esperándome, muy alejado de la fonda, y fui hasta allà para embarcarme. Es imposible que me haya seguido nadie.
—¡Cuidado! Los thugs son muy zorros; nosotros hemos tenido ocasión de comprobarlo. Ya saben que somos amigos de tu patrón y nos vigilan.
El maharato, con el espanto reflejado en el rostro, se puso lÃvido.
—¡Imposible! —exclamó.
—Por lo pronto, anoche intentaron asesinamos, cuando salÃamos del palacio de Tremal-Naik —dijo Sandokán.
—¡A ustedes!