Los dos tigres
Los dos tigres —Pero, bueno, fue un ataque que les salió fallido. Intercambiamos dos balas, y una de ellas no se perdió. Sin embargo, no es esa emboscada lo que ahora nos preocupa. Es una visita que nos han hecho hace poco y que nos infunde vivas sospechas. Ha venido por aquí un hechicero o algo parecido a sacrificar una cabra.
—Un manti —aclaró Yáñez. Kammamuri se tomó todavía más pálido.
—¿Un manti ha dicho usted? —gritó.
—¿Acaso le conoces? —preguntó Sandokán, con inquietud.
El maharato enmudeció, mirándoles con los ojos dilatados por el terror.
—Vamos, habla —dijo Yáñez—. ¿Qué significa ese espanto con que nos miras? ¿Quién es ese hombre? ¿Le has visto tú también?
—¿Cómo era?
—Alto, viejo, con larga barba blanca y ojos muy negros y brillantes. Parecía que, en vez de pupilas, tenía dos carbones encendidos.
—¡Es él! ¡Es él!
—¡Explícate!
—¡Es el mismo que fue dos veces a casa de mi patrón para realizar la ceremonia del píasete, y a quien luego he visto dos veces paseando por nuestra calle, mirando siempre al palacio! ¡Sí; es alto, seco, tiene la barba blanca y los ojos que parecen llamas!