Los dos tigres

Los dos tigres

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La plaza se hallaba rebosante de bramines, babúes, sudras, bateleros y gente del pueblo; pero en medio había un espacio vacío, rodeado por varios pelotones de cipayos. En aquel espacio había unas enormes hogueras, que despedían un extremado calor.

—¿Qué van a asar en esos braseros? —preguntó Sandokán, abriéndose paso con dificultad por entre aquella multitud de curiosos y de fanáticos.

—Asarán pies, señor —respondió Kammamuri.

—¿De elefante? He oído decir que las patas de elefante son un bocado exquisito.

—Pies humanos, capitán —dijo el maharato—. ¡Verá usted qué espectáculo! Ya que hay tiempo todavía, vamos hacia la pagoda, a ver si podemos llegar hasta allí.

Con gran trabajo, y abriéndose paso con los codos, alcanzaron finalmente la primera grada de la escalinata que conducía a la pagoda; pero ya allí se vieron detenidos por una muralla humana que no era posible romper.

Sin embargo, desde aquella elevación podían asistir a todas las ceremonias que se realizasen ante la estatua exterior del templo.


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