Los dos tigres
Los dos tigres Había bastante animación en aquel lugar, a pesar de lo avanzado de la hora.
De las pinassas saltaban a tierra numerosos hindúes, que acudían, procedentes de las aldeas y poblados cercanos, para asistir a la fiesta de Darma-Ragiae. Las ceremonias debían de haber comenzado ya, puesto que a lo lejos se oía un gran estrépito de tam-tam, tamboriles setars y mirdengs.
—Me parece que llegaremos a tiempo para ver la danza del fuego —dijo el maharato a Sandokán—. Esta noche se abrasarán muchos pies, porque esta fiesta es la última y la más importante.
Se unieron a la multitud que había desembarcado y que marchaba por las estrechas y fangosas callejuelas, apenas iluminadas con medias cáscaras de cocos colocadas en las ventanas. En aquellos cocos, llenos de aceite, ardía una torcida de algodón.
Al cabo de unos veinte minutos, dejándose arrastrar por la turba de devotos y curiosos, llegaron a una amplia plaza alumbrada por antorchas clavadas en astas de hierro, que remataban en una especie de canastillo, también de hierro, lleno de algodón impregnado de materias resinosas; un lado de la plaza lo constituía una pagoda vieja del antiguo estilo indio, que tenía la forma de una pirámide truncada y que estaba adornada con columnas, cabezas de elefante, monstruosas divinidades y animales fabulosos.