Los dos tigres
Los dos tigres Así como la ciudad inglesa no tiene nada que envidiar a las más bellas capitales europeas, la ciudad negra no es más que un hacinamiento inmenso de casas de madera y grandes cabañas, y de cuando en cuando algún que otro monumento digno de la grandiosa arquitectura india, que de un modo tan majestuoso se muestra en Delhi, Agra, Benares y otras ciudades de importancia.
De los espléndidos palacios, palacetes y bungalows ingleses, de los comercios espléndidamente alumbrados, de las iglesias anglicanas y de los teatros de los sanares de la ciudad blanca, se pasa, sin transición, a las cabañas miserables, a las pagodas medio derruidas, a los bazares oscuros y malolientes y a las callejuelas tortuosas y llenas de fango.
En la ciudad antigua, todo es ruina, miseria y suciedad. Casucas de pedruscos y cabañas de adobe cocido de cualquier manera y con tablas clavadas sin orden ni concierto, se suceden en hileras desiguales; y así, durante algunos kilómetros, formando calles sin regía alguna, divididas a su vez por estrechos pasadizos, muy peligrosos de recorrer por las noches, a pesar de la constante vigilancia de los policías blancos e indígenas.
Eran las ocho cuando Kammamuri, Sandokán, Yáñez y Sambigliong desembarcaron en el muelle de la ciudad negra. El río estaba poblado de barcas de pescadores y pinassas procedentes del alto Ganges.