Los dos tigres

Los dos tigres

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Kammamuri y sus compañeros se detuvieron durante algunos minutos sobre la escalinata; miraban con atención a la multitud, esperando ver al viejo manti; pero, convencidos de la imposibilidad de poderle descubrir entre aquella muchedumbre, que formaba un verdadero mar de cabezas humanas, que se agitaba como las olas en un día de tormenta, retrocedieron al centro de la plaza.

—Busquemos un buen sitio cerca de las hogueras —había dicho Kammamuri a Sandokán—. Tengo la seguridad de que hemos de encontrar al manti en el cortejo de la diosa Kali. Si es un thug, como suponemos, tomará parte en la procesión.

—Pero ¿no es esta la fiesta de Darma-Ragiae? —preguntó Yáñez.

—Sí, señor; pero como la pagoda está dedicada a Kali, también sacarán en procesión la monstruosa estatua de esa deidad sangrienta.

Empujando a derecha e izquierda, los cuatro hombres lograron llegar hasta el centro de la plaza, la cual aparecía cubierta, en una gran parte, de tizones ardiendo, que unos cuantos hindúes se encargaban de reavivar, moviendo grandes abanicos de hojas de palma.

—Esas brasas esperan a los adoradores de Darma-Ragiae, ¿verdad? —preguntó Yáñez.

—Sí, señor. Y verá usted cómo esos fanáticos pasan corriendo por encima de ellas.


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