Los dos tigres

Los dos tigres

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—Por lo visto, es un placer como otro cualquiera eso de abrasarse las plantas de los pies.

—En cambio, ganarán el kalaisson.

—¿Qué es eso? —preguntó Sandokán.

—El paraíso, señor.

—¡Pues se lo regalo de muy buena gana a esas gentes! —contestó, sonriendo, el pirata—. ¡Prefiero conservar mis pies intactos!

Un ruido de mil diablos y una gran ondulación de la multitud advirtieron que en aquel instante salía la procesión de la pagoda, para conducir a los devotos a la prueba del fuego.

Se abrió un amplio pasillo entre la enorme masa de gente, y una nube de bailarinas entró por él, seguidas de los músicos y de grupos de hombres que portaban antorchas.

—Permanezcan todos cerca de mí —dijo Kammamuri—; y, sobre todo, no perdamos el sitio.

Aun cuando en un principio se habían visto envueltos por el movimiento de la multitud, finalmente lograron volver a colocarse en primera fila, casi en las lindes de las enormes hogueras.

La procesión descendió la escalinata y avanzó hacia el centro de la plaza, precedida siempre por las bayaderas y los músicos y seguida de una multitud de bramines que salmodiaban cantos en honor y gloria de Darma-Ragiae y de Drobidé.


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