Los horrores de la Siberia
Los horrores de la Siberia EL vapor maniobró diestramente y bien pronto atracó junto al muelle.
Algunos cosacos de infantería, con el colbak de pieles calado hasta los ojos para defender las orejas del frío agudísimo que venía de la estepa, aguardaban en un lanchón, haciendo resonar en la madera las culatas de sus fusiles.
Avisados del arribo de los dos prisioneros, acudieron para prestar auxilio a los guardianes en caso de necesidad.
—Vamos —dijo el oficial de cosacos, volviéndose hacia el coronel e Iván—. El ispravnik (jefe de policía) os espera, y no es prudente, por vosotros mismos, ponerle de mal humor.
—Estamos a vuestra disposición —contestó el gigantesco coronel con voz tranquila.
Desembarcaron, y como era bastante temprano, aún estaban desiertas las calles que atravesó la comitiva de guardias, en cuyo centro iban los dos presos.
Sólo encontraron a algún que otro tártaro envuelto en su larga zamarra y con la cabeza cubierta con un gorro de piel de oso o de lobo, cuya silueta se esfumaba entre la niebla espesa y fría que envolvía a la ciudad.
