Los Misterios de la jungla negra
Los Misterios de la jungla negra —¿Qué quieres decir? —preguntó Tremal-Naik, que poco a poco se rendÃa.
—Quiero decir que nos hace falta un hombre que confÃese todo con el fin de saber lo que tenemos que hacer. Si es necesario, mañana partiremos para Raimangal.
—Continúa —dijo el cazador de serpientes, que comenzaba a interesarse por lo que decÃa Kammamuri.
—Esta noche, al ponerse el sol, te llevaré a la jungla y fingirás que estás muerto. Yo y Darma nos emboscaremos a pocos pasos de ti para que no te ocurra ninguna desgracia. Llega el canalla que asesinó a Aghur y nosotros nos lanzamos sobre él y lo hacemos prisionero. Me encargo yo de hacerle confesar el lugar donde esconden a la mujer que tú amas y de obligarlo a revelarnos el número de nuestros enemigos y medios de que disponen.
Tremal-Naik tomó las manos del maharata y las estrechó afectuosamente.
—Tienes razón, mi buen amigo —dijo—. Haremos lo que tú dices.
Nada ocurrió de nuevo durante la jornada. Kammamuri se acercó varias veces hasta la jungla, armado hasta los dientes, esperando divisar a alguien, quizás al mismo Manciadi, pero no vio ningún alma ni oyó señales ni ruido.
A las siete el sol rayaba el horizonte por el oeste. Era el momento de actuar.