Los Misterios de la jungla negra
Los Misterios de la jungla negra —¿Y si fuera de verdad? ¿Y si esos monstruos la matan?
—¡Siva, dios mÃo, vela por ella! ¡Vela por mi pobre Ada! —dijo Tremal-Naik con voz ansiosa.
Tremal-Naik se sentó apretándose la cabeza con las manos. De pronto se puso en pie como un tigre que estuviese presto a lanzarse sobre su presa. Un siniestro relámpago le brillaba en sus ojos.
—¡Ha sonado la hora de la venganza! —dijo con feroz acento—. ¡A mÃ, Darma!
El tigre de un salto fue a la puerta de la cabaña haciendo oÃr su formidable rugido. Descolgando de un clavo una carabina, Tremal-Naik estaba a punto de salir cuando Kammamuri lo detuvo.
—¿Dónde vas, patrón? —le preguntó, abrazándole por en medio del cuerpo.
—A Raimangal, para salvarla antes de que me la maten.
—Pero te matarán a ti incluso antes de que puedas siquiera verla —le gritó Kammamuri—. No ha llegado todavÃa la hora para ir a la isla maldita, ni tú tampoco te encuentras tan fuerte para luchar contra ellos. Quieren tu cadáver, han escrito: bien, lo tendrán, pero será un cadáver que respirará todavÃa y que saltará a la garganta del asesino del pobre Aghur. Deja que yo te guÃe, patrón; los maharatas son astutos, tú lo sabes bien.