Los Misterios de la jungla negra

Los Misterios de la jungla negra

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El aullido que Punthy dejó oír fue seguido por las notas agudas del misterioso ramsinga.

Tremal-Naik extrajo de su cinturón de piel de tigre una larga pistola con arabescos de plata y la cargó.

En aquel momento un indio de alta estatura, medio desnudo, armado sólo con un hacha, salió del grupo de bambúes y corrió atolondradamente en dirección a la cabaña.

—¡Aghur! —exclamaron a dúo Tremal-Naik y el maharata.

El indio llegó ante la cabaña, con los ojos en blanco, lanzó un grito desgarrado y se desplomó en tierra sobre la hierba.

Tremal-Naik se precipitó junto a él. El indio parecía moribundo. Tenía el rostro lacerado y sucio de sangre, los ojos turbios y enormemente dilatados y jadeaba emitiendo roncos suspiros.

—¿Habrá sido envenenado? —preguntó Kammamuri.

—Ha galopado como un caballo y le falta el aliento; pronto estará mejor.

En efecto, poco a poco Aghur comenzaba a recuperarse y respiraba más libremente.

—Habla, Aghur —dijo Tremal-Naik unos minutos después—. ¿Por qué has vuelto solo? ¿Qué le ha sucedido a tu compañero?


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